San Zacarías

La historia de Zacarías e Isabel nos enseña que nunca debemos perder la esperanza porque «nada es imposible para Dios». (Lc 1, 37). Zacarías es un sacerdote de la octava clase, la de Abías, uno de los 24 establecidos por David para regular los turnos de servicio semanales en el templo. Se casó con Isabel, también descendiente de una familia sacerdotal, y se estableció en Ain Karen. Son ya ancianos y su matrimonio no había gozado de la bendeción de un heredero, y tal esterilidad se interpretaba no solo como una desgracia sino como una maldición que los emarginaba; sin embargo, su unión es sólida, se aman y su vida es justa. Un día, mientras estaba en el templo, Zacarías recibió un anuncio divino por medio del arcángel Gabriel, que le preanunció el embarazo de su esposa. Zacarías, sin embargo, a pesar de ser un hombre piadoso, no creyó y pidió al mensajero de Dios una prueba. El ángel le reprochó su incredulidad y lo enmudeció, (Lc 1, 11-18), hasta el octavo día después del nacimiento del niño, cuando el niño fue circuncidado: entonces se le abrió de nuevo su lengua para confirmar que su nombre debería ser Juan, como el ángel se lo había anunciado. (Lc 1, 64).

Cuando Zacarías, con el prodigioso nacimiento de su hijo Juan, recupera su voz, finalmente puede alabar a Dios con un cántico análogo al de María, conocido como el Cántico de Zacarías. Himno gozoso en el que bendice y agradece a Dios la manifestación de su poder liberador y redentor: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y liberado a su Pueblo, sucitándonos una fuerza de Salvación en la casa de David, su siervo, según lo había anunciado desde antiguo, por boca de sus santos profetas». (Lc 1, 68-70).

Después de este versículo, ya no se dice nada más sobre Zacarías e Isabel en el Evangelio de Lucas, en cambio, la bellísima alabanza de Zacarías se concluye con su profundo agradecimiento a la misericordia de Dios manifestada en su hijo y en la futura llegada del Mesías liberador tan anhelado: «Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su Pueblo la salvación, el perdón de los pecados; por la entrañable misericordiosa de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en las tinieblas y en la sombras de la muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz». (Lc 1, 76-79).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *